¿Cómo será la vida después de la pandemia?, ¿Existirá vacuna?, ¿Todos tendremos acceso a ella?

El miedo a los demás puede persistir mucho después de que termine la pandemia del coronavirus. Pero también puede haber un nuevo sentido de comunidad.

A pesar de toda la atención que se le dedica a la ciencia y a la política del coronavirus, otro factor podría ser igual de importante para moldear la vida ante la pandemia: la forma en que las personas cambiarán en consecuencia.

Existen cambios en nuestra forma de pensar, de comportarnos y relacionarnos (algunos deliberados pero muchos inconscientes, algunos temporales, pero otros posiblemente permanentes) que ya están comenzando a definir nuestra nueva normalidad.

Si bien esta crisis tiene pocos precedentes, hay ciertos patrones en la manera en que se comportan las personas y las comunidades cuando están sometidas a periodos extensos de aislamiento y peligro.

Nuestra capacidad para enfocarnos, sentirnos cómodos con otras personas, e incluso para pensar a futuro más de unos cuantos días, podría reducirse y tener consecuencias prolongadas; sin embargo, también podríamos sentir el tirón de un instinto de supervivencia que puede activarse durante periodos de peligro generalizado: un deseo de sobrellevar la situación preocupándonos por nuestros vecinos.

“Somos increíblemente capaces de adaptarnos a cualquier situación”, aseguró Bozovic, quien ahora es profesor de fotografía en Montreal. “No importa cuán mala sea la situación, te adaptas. Vives lo mejor que puedes”.

De hoy en adelante, deberemos acostumbrarnos a su presencia. La ficción nos ha alcanzado. El cristal acrílico será un invitado constante en nuestras reuniones, en nuestras vidas, después del coronavirus. Conocido también como “plexiglas”, ha sido adoptado por negocios y comercios de todo tipo y en todo el mundo, para intentar volver a funcionar sin propagar el covid-19.

“Funciona como una barrera entre personas, ya sea entre clientes y quienes les brindan productos o servicios, o entre dos o más personas que comparten un espacio común, desde una clase hasta la mesa de un restaurante”, refieren en la BBC, de Londres. En un intento por reducir la transmisión del coronavirus, se comercializarán estos acrílicos, los cuales duplicaron sus ventas desde que comenzó la pandemia.

Las consecuencias ya las estamos viviendo. Más allá de la reclusión en nuestras casas, muchos negocios que dependen del contacto social, de aglutinar gente en lugares cerrados, como bares, restaurantes, cines, museos, verán reducidos estas grandes cantidades de gente y directamente la cantidad de sus ingresos. También afectará a los padres, que tendrán que educar a sus hijos en casa y compaginarlo, si son afortunados, con el teletrabajo. Porque otro de los puntos clave en este cambio son el gran número de empleos que se verán afectados.

Las cifras están ahí: en las últimas dos semanas, casi diez millones de estadounidenses han solicitado prestación por desempleo y en España la crisis del coronavirus ha provocado la pérdida de 900.000 puestos de trabajo desde el inicio del estado de alarma. Sin embargo, y como señala Lichfield, habrá negocios que se adaptarán a la nueva realidad, por lo que habrá “una explosión de nuevos servicios en los que ya se ha denominado como la ‘economía confinada’”.

También parece evidente que, para tener más controlado al virus, los ciudadanos veremos reducidas nuestras libertades. El eterno dilema entre seguridad y libertad hará que, según el analista, los gobiernos se decanten por una “vigilancia intrusiva” donde hagan un seguimiento a las personas contagiadas y así evitar la propagación de la enfermedad. “Por ejemplo, a la hora de tomar un vuelo, el pasajero podría tener que registrarse en un servicio que rastree sus movimientos a través del teléfono y detectar si ha estado cerca de infectados o de puntos caliente de enfermedades”. Algo que algunos gobiernos, como el de Israel, utilizando la tecnología que usaba para la lucha contra el terrorismo; o Singapur, con un sofisticado programa de rastreo de contactos que sigue la cadena del virus de una persona a la siguiente a través de los teléfonos móviles, han comenzado a hacer para reducir la curva de contagios.

Lichfield sostiene que “nos adaptaremos y aceptaremos esas medias”, donde la “vigilancia intrusiva se considerará un pequeño precio a pagar por la libertad básica de estar con otras personas”.