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Opinión

Memoria, paz y reconciliación || Camilo Contreras Delgado

El afable Ardillo, escucha y es franco al hablar. Su aspecto bonachón no refleja los 36 años que permaneció en las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Nos tomó 3 horas el desplazamiento de San José del Guaviare al “Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación” (ETCR) en la Vereda Colinas donde diseñan su vida civil y su nueva relación con el Estado estos ex-guerrilleros y sus familias. Se trata de lugares dispuestos por el gobierno para alojar a quienes entregaron las armas a partir de los Acuerdos de Paz en Colombia.

Las 3 horas del trayecto transcurrieron entre caminos pavimentados en mal estado, terracería, pequeños pueblos, lluvia. Sólo paramos una vez por tinto y pan. Pasamos de la sabana a la Amazonía.

Al ETCR bautizado como Jaime Pardo Leal llegaron 482 personas en su fundación. Comenta Ardillo, o Didier como también le dicen, que ésta ha sido también ocasión de reunificación familiar: varios ex-guerrilleros trajeron a sus parientes con quienes habían perdido contacto durante el conflicto. Además de las viviendas y servicios básicos, el sitio fue equipado con planta de energía, de tratamiento de agua, escuela, centro de salud y biblioteca pública. Aún cuando las casas fueron construidas con material durable, una vista panorámica nos recuerda más a los campamentos mineros del norte de México.

Vivir a salto de mata les permitió desarrollar habilidades de sobrevivencia seminómada, pero no habilidades y oficios propios de los pueblos establecidos. Hoy el ETCR Jaime Pardo Leal emprende proyectos agrícolas; pecuarios; de transformación de estos productos; turísticos; con la ayuda de agencias internacionales, de la Universidad Nacional y del propio gobierno colombiano. La organización ha sido y es inmanente a estos grupos, han sustituido la organización militar por cooperativas de producción y asociación de mujeres.   

Un proyecto atípico enfocado al turismo que puede crear controversia es la réplica de un campamento guerrillero. A la orilla de este ETCR ha sido destinada una zona donde fueron replicadas las diferentes construcciones que componían un campamento guerrillero: cocina común, dormitorio con trinchera, aula de adoctrinamiento político-militar, economato (almacén de la despensa), intendencia (bodega de ropa y consumibles), lugar de salud, bañadero, comedor. Aludiría Todorov el derecho al olvido: Aún hay zonas del país en conflicto armado, aún falta un largo camino para llegar a la reconciliación. Es decir, hay contigüidad con los hechos que se quieren representar, aún no es posible hacer un uso ejemplar del pasado, un uso que ayude a elaborar el duelo, a extraer lecciones, un uso liberador. El abuso de la memoria la banaliza y desata riesgos.

La creación de estos ETCR por diferentes regiones del país es un esfuerzo concreto de búsqueda de la paz y reinserción social, pero no deja de ser un modelo que está a prueba. Deponer las armas detiene la guerra interna, pero es apenas el comienzo del camino hacia la reconciliación, camino que ha de parar antes en el reconocimiento de las víctimas, satisfacción de sus derechos, esclarecimiento de la verdad, reparación, garantía de no repetición. Los muchos frentes incluidos el ejército, los paramilitares  engendrados por el gobierno, las FARC, ELN, M-19, EPLN dejaron hondas heridas que demandarán acciones y tiempo para sanarlas.

A 2 años de haber dejado las armas, Ardillo está inmerso en la transformación de los temas históricos de Colombia: uso de la tierra, participación política más amplia (ahora con nuevos actores), reconciliación nacional, lucha contra los cultivos ilícitos. Son procesos en tensión: de Ardillo no se apartan sus escoltas.

 

Camilo Contreras Delgado

Profesor-Investigador de El Colef, Monterrey